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la vida de un playmobil que postula hipótesis sólo para no comprobarlas

Playmobil rosarino III: la historia de Roberto, el hombre del chicle de banana y naranja

playmobil rosarino II es aún más pedorro que Playmobil Rosarino I



La tercera vez que fuí a Rosario lo hice por la misma razón por la que lo hice la segunda y la cuarta: por laburo. Trabajaba en un lugar desagradable, con un jefe desagradable en un depósito de material POP en Don Torcuato; yo era una especie de data entry bastante mal tratado. Claramente, hay dos historias horribles de este trabajo: la primera, cuando me dí cuenta que estaba baldeando el depósito a las 11 de la noche en calzoncillos porque venía una inspección del Banco Itaú; para darle seriedad al asunto, nos habían hecho etiquetar cajas que estaban vacías como si estuviera todo catalogado.
La segunda historia es tétrica y larga, eterna. Me mandaron a laburar a Rosario para que le explique a un chabón que no conocía qué teníamos que hacer allá. Claramente, me avisaron ese mismo día que me tenía que ir. Cuando lo ví llegar, era pelado, de sesenta años con ilusiones de divertido y se llamaba Roberto. Salimos del depósito y comenzó la pesadilla.
Ya en el camino a Rosario me dí cuenta que algo funcionaba muy mal, muy mal. Le faltaba un diente del costado y lo tapaba con un chicle Bazooka de banana y naranja. Tenía delirios profundamente místicos en los cuales no quise interrogar pero tenían que ver con algo así como una cruz y gente jerarquizada por sabiduría metafísica y contacto con el Espiritu Supremo. En ese momento, mi vida era bastante caótica. Había dejado de estudiar filosofía por un cuatrimestre, estaba más solo que un hongo y recién estaba empezando a descubrir la existencia de Internet.
El primer grito de peligro se hizo escuchar cuando en la ruta nos pasamos de la bajada de Rosario y Roberto no tuvo mejor idea que dar marcha atrás en el medio de la ruta; ahí pensé que la vida podía escaparse rápido, tan rápido que no podía pensarlo. Muchos bocinazos, muchas puteadas.
Llegamos a Rosario, laburamos mucho hasta las 8.30 de la noche. Roberto empezó a pensar adónde ibamos a comer. Yo le señalaba todos los lugares donde vendían milanesas de dorapa mientras le decía que todavía no teníamos hotel. Roberto empezó con la tortura de "yo quiero ir a comer a un chino".
Buscamos un hotel. El primero que encontramos era un hotel pero con luces de color, palmeras en la puerta, etc: claramente, un señor telo. -Roberto, me parece que esto es un telo. Roberto me dice: me parece que sí.
Tocamos timbre. Sale una chica. Roberto pregunta: ¿esto es un hotel alojamiento? La chica contesta: Sí. Roberto retruca: Ah, ¿cuánto sale?.
-Roberto, yo no voy a dormir con vos en un telo.
-No, pero para saber precios.
Bua.

Conseguimos hotel FAMILIAR. La odisea es donde vamos a comer. Roberto está como un chico con Rosario. Va caminando por la calle y me dice: Faaaaccccccccuuuuuuundddddooooooo!!!!!!!!! Mirá esa iglesia!!!!!!!!!!!
Facundooooooooo!!!!!!!!!! Un salón de recepciones!!!!!!!!!!!!
Facundo!!!!!!!!!!!! Hay colectivos!!!!!!!!!! (juro que todo es verídico)
Escondido trás de los tachos de basuro, sigo buscando parrillitas de 6 pesos por persona. Roberto quiere ir a un chino porque cerca de su casa hay un chino y se come bien y barato. Yo hago notar que quizás acá no haya un chino. Roberto empieza a preguntar a la gente rosarina. Entra en una heladería y pregunta: Señora, ¿¿¿¿dónde hay un chino???!!!. La señora, representante de todos los interrogados le contesta: ¿Pero qué busca usted? ¿Gente china?
Llegamos al chino que no es un chino sino un tenedor libre. 15 pesos por persona sin bebida incluída. No da el presupuesto. Roberto, no podemos. Daaalllllleeeee!!!!! Es una única vez que vas a estar en Rosario; viví el momento!!!!! Roberto, Rosario ya la conozco y me hincha las pelotas. No me importa.
Antes de que se ponga a llorar, entramos. Un lugar detestable y yo sin ganas de comer ni de esta ahí ni de hablar con Roberto.
Roberto dice: Acá la gente está feliz. Mirá como aplauden, como se ríen, como hay música. (((Claro, no están con vos, infeliz)).
Y sí, están festejando un cumpleaños, qué querés que hagan, que lloren?
Termina el chino.
Nos vamos a dormir, yo tratando de construir odios inmemoriales hacia Roberto y los chinos y a Rosario. Cuando abro los ojos a las 6.30 de la mañana, Roberto está en su cama en calzoncillos en posición de loto. No me duele el orto. Es una buena sensación....
(mañana sigo)

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