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Mundo Playmobil

la vida de un playmobil que postula hipótesis sólo para no comprobarlas

La inestabilidad produce mudanzas

Debido a la inestabilidad emocional de este nefasto servidor, me convertí en un refugiado político.
A Playmobil Hipotético ahora se lo encuentra acá.
Adiós, bitacoras
Pasen y vean por el otro.

Advertencias



A partir de mañana, Playmobil Hipotético redescubrirá los sueños anestésicos y se pondrá de pésimo humor. Descúbralo en las próximas entregas de esta vida inoperante.

Ana y los otros: anodina



Tuve que decidir si entraba o no; eran las 7.14 y la película empezaba a las 7.10. La cosa fue que yo pensé que empezaba a las 7.20 y entonces me fui antes a comprar un cinturón a la feria del parque; el colectivo que me tomé – el 6 – tardó algunos minutos en llegar y venía lleno, no obstante lo cual, me pude sentar y leer 5 cadáveres encontrados en 2666.También tuve que decidir si iba al baño del cine antes o no. Conociéndome y sabiendo que tenía una Sprite Zero en la mochila, me pareció mejor ir. Cuando llegué, el acomodador me dijo: no te hagás problema, empezó hace diez minutos. Le dí 40 centavos, creo, y me iluminó un asiento bastante bien ubicado: en el fondo, como me gusta. Me senté y me dí cuenta que tenía los cordones de mis zapatillas sueltos. Miré al asiento de al lado: una señora de 40 años estaba concentrada en la película.

Silvina Rival de Leer Cine escribió acerca de Ana y los otros:
“He aquí un proyecto interesante en donde la banalidad no es un fin en sí mismo – tampoco la bablidad se convierte en el antecedente de un momento sorpresivo para el espectadore y menos áun está en función de un suspense. Es justamente en la persistencia de lo banal en donde se oculta algo, o tal vez nada, pero da igual.” La crítica de Rival me encantó. La película es bastante mala.

Miré la pantalla: sabía que la protagonista – Camila Toker – era bastante fea y que su cara solo me iba a transmitir algo anodino. Me saqué la zapatilla izquierda, saqué una lapicera que me había comprado el otro día, una Pilot azul que escribe lindo – justo para escribir al margen de los apuntes – y la metí entre los ojales de la zapatilla, tratando de que el cordón se metiera ahí. Tardé un rato largo en hacerlo porque me gusta mucho la lapicera que me compré y no quería que la punta se rompiera; la punta es finita (0.5) y se rompe fácil.

Cuando Rival habla de banalidad, le falta agregar, por elegancia, que es una banalidad inverosímil. La protagonista accede al pedido de un chico de 8 años al que no conoce para que lo lleve a buscar un tambor para el carnaval a la casa de un amigo que vive bastante lejos; la protagonista y el chico pasan más o menos cuatro horas en un auto, siguiendo al exnovio de Ana, la cual no quiere dejarse ver pero quiere verlo.

Me estiré como si estuviera en el sillón de mi cuarto viendo la tele. Destapé la Sprite Zero de 600cm3; la destapé dentro de la mochila porque no quería que hiciera ruido; ya se habían generado una serie de altercados con un señor pelado que también entró tarde a la sala y que hablaba como si estuviera en la redacción de Crónica.
Miré mi reloj, al cual estaba por romperse la malla, a pesar de que es de metal; lo compré bastante barato, así que tampoco me quejo. Quise que se prendiera la lucecita azul, pero no lo hizo; era bastante barato, no me quejo. Me acordé de esos relojes que tenía de chico que venían con un juego – el mío era gris y el juego era de una ratita que comía queso - y que no me los dejaba usar Yoli, que era la tía de Leandro, y que era mi maestra de tercer grado del Bernasconi. A mí me gustaba Yoli porque tenía un look muy ochentista; y porque cuando terminó tercer grado me dijo que “respetara siempre mi sentido de la responsabilidad”. Obviamente, no entendí qué significaba eso; mi papá me abrazó, mi mamá me dio un beso, y me dijeron que era algo bueno. Las luces de la sala se prendieron en el momento en que Ana entra a la casa del exnovio (sí, ese es el final); al pelado lo seguían puteando.

6 razones para ser Bogart en To have and not to have



To have and not to have, de Howard Haws, es la película donde Bacall y Bogart se conocieron. Además, es una gran película.
Basada en una novela escrita por Hemingway y guionada por William Faulkner, dos años después de filmada Casablanca, To have and not to have recrea la misma situación pero en otro lugar exótico y marginal respecto a la ocupación nazi de Francia, la isla de Martinica.
Siempre es bueno fantasear ser Bogart; acá seis razones para serlo en este film
    1) para que Hemingway prediga mi futura muerte como alcohólico.
    Bogart tiene en su barco pesquero un amigo borracho, Eddie. Acá la discusión con uno de sus clientes.
    "C-I dont´see why you want that drunkard around.
    B- Eddie was a good man on a boat before he got to be a drunkard.
    -He´s not good now. Is he related to you or something?
    -No.
    -Why you look after him for?
    -He actually looks after me"
    2) para que, cuando esté a punto de entrar en una pelea, Lauren Bacall prenda mi cigarrillo.
    3) para conocer la historia de las mujeres que se me acercan con sólo mirarlas a los ojos.
    4) para que Lauren Bacall me enseñe a silbar
    Slim: You know you don't have to act with me, Steve. You don't have to say anything, and you don't have to do anything. Not a thing. Oh, maybe just whistle. You know how to whistle, don't you, Steve? You just put your lips together and... blow.
    5) para ser, en medio de la ocupación alemana, un solitario independiente que hace mejor las cosas que los hombres de La Resistánce.
    6) para afanarle la mina a Howard Hawks.

próximo post Bogart: The enforcer (1951)

Bryce Echenique; la docta inocencia



Los caprichos por ciertos autores son personales y además, claramente, son caprichosos; a mí me pasa con Bryce Echenique.
Una de las razones de este capricho es que Bryce tiene una faceta que explotó siempre y es la de trasladar el ritmo acelerado - propio de quién cuenta oralmente historias - a su forma de escribir. Algo que cuando uno leyó varias novelas suyas tiende a desmitificar, por ciertas frases ingeniosas que solo son producto del trabajo enfermo y obsesivo sobre esa misma frase.
Bryce, además, es un tipo que nunca pudo dejar de hablar de su vida y siempre lo ha hecho siendo irónico, pero desde una ironía casi puramente adolescente; desde el tipo que se sabe un perdedor pero que sabe explotar su carisma de perdedor para levantarse minas, algo que, obviamente, me une casi dramáticamente con él. Martín Romaña, el protagonista de El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, a medida que es abandonado por sus mujeres, va prohibiendo o negando ciertos lugares de su departamento, aquellos que necesariamente deben ser los garantes del pasado. Esos lugares - prohibidos para sus nuevas mujeres - actúan como excusas para encontrar nuevos rincones, los cuales, a su vez, serán prohibidos a la próxima mujer. La tensión constante entre el pasado y el presente, fundamental en la personalidad del looser, abre siempre una posibilidad del presente y nunca la posibilidad de revivir el pasado de manera infiel.

"Algo le tienen que estar haciendo, Gran Lalo, primero fue la elegancia, después fueron las cejas, ahora el pelo...llevo casi un año denunciadno todo esto y ni siquiera ella me hace caso... Y lo mismo cuando la llamo por teléfono: termino por ser yo el que habla, termino contándole íntegros mis viajes, pero al revés, para que crea que estoy feliz y no sufra, termino diciéndole banalidades...
-A lo mejor es que ella también se expresa al revés para que tú no sufras, Martín...
Casi estrangulo a Gran Lalo, porque la verdad, nada detesto más en el mundo que la lógica implacable venga a interrumpir, con sus absurdas explicaciones, el curso natural del sufrimiento de un hombre."
Es bastante seguro que no es el mejor escritor latinoamericano ni uno de los mejores; de hecho, siempre dá la impresión de haber llegado tarde a la "explosión" de la literatura latinoamericana. Sin embargo, una y otra vez, cuando llega el fin de mis vacaciones, lo leo y me divierto.


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